La pregunta que más aborrece mi hermana que le hagan cuando ven un cuadro suyo es: ¿qué significa?

Lo comentamos a raíz de una Masterclass que imparte Jeff Koons, artista provocador, empresario especulador y as del marketing (no necesariamente en ese orden).  Él piensa. Su legión de ayudantes produce. Su seña de identidad son las “esculturas-globo” de metacrilato de colores.

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Ramo de tulipanes por Jeff Koons

También es responsable del Puppy de la entrada del Guggenheim de Bilbao. A este último, el perrito floreado, lo describe como un monumento al sentimentalismo donde la yuxtaposición de referencias elitistas y de la cultura popular constituye una analogía de la cultura contemporánea.

Bien.

Lo leo y solo puedo pensar que el mundo está mal repartido. Porque Koons no solo tiene talento para la pintura, la escultura, la gestión empresarial, las ventas, la creación de tendencias, la docencia, el networking  y el marketing, sino que también se le da bien la retórica.

Origen de la inspiración: ¿musa o trauma infantil?

Las descripciones crípticas de cuadros, canciones, esculturas, poemas y novelas no son nada nuevo. Palabras ambiguas en tono grandilocuente pero derrotista que incitan a pensar que detrás de ese rayajo en mitad de un lienzo en blanco hay una turbulenta historia de maltrato infantil, drogas, suicidios fallidos, desamor y rock ‘n’ roll.

La obra ya no es el resultado de la visita de una deidad – o musa –  como pensaban los antiguos griegos y romanos. Los artistas no eran genios. Tenían genios. Y la cota más elevada de felicidad – eudaimonia – se alcanzaba mediante la entrega a una actividad facilitada por un espíritu o divinidad creativa externa (“eu” significa bueno y “daimon”, espíritu). Lo que hoy conocemos como flow, vaya.

En las sociedades primitivas, la narrativa – o expresión – no es producida por una persona, sino por un mediador, chamán o intérprete. El artista es un mero vehículo de la inspiración. Lo que se admira es la maestría en la interpretación que hace el sujeto bendecido por la visita del genio. No al sujeto en cuestión.

La lógica de la belleza

Al final de la Edad Media, el empirismo inglés, el racionalismo francés y la fe en la Reforma, ponen al individuo en el centro del mundo. El Renacimiento trae consigo una manera de ver la vida más racional y humanista. Se deja de venerar a los dioses para encumbrar a los artistas. Y por extensión, su ego.

Las corrientes sociales y políticas y las contingencias históricas y económicas del último siglo no han hecho sino reforzar la premisa de la obra de arte como el subproducto de una concatenación de circunstancias intersectas con la personalidad, gustos, pasiones, antecedentes y biografía del artista.

Tiene sentido. En las industrias entregadas a la belleza y el deleite de los sentidos hay que dotar a la manifestación creativa – que tiene, per se, un carácter inherentemente etéreo– de un componente lógico que explique. O justifique.

La obra pasa a entenderse como una pieza de la vida de su autor. Y las florituras líricas le dan entidad, empaque, carisma, interés, paripé.

La práctica de dotar a la obra de significado está particularmente extendida en el arte contemporáneo. Quizás sea casualidad. Quizás no.

El espectador en busca del sentido

Realmente supone darle al consumidor final todo masticadito. Que a veces, se agradece. Porque yo también me he encontrado en una galería blanca, fría, enorme y diáfana con una composición de elementos inquietante – por llamarlo de algún modo –  en el centro. Sin saber muy bien qué hacer – porque disfrutarlo no era una opción – acabo buscando de manera instintiva un catálogo o un cartel explicativo. Necesito saber de dónde ha salido eso. Y sobre todo, por qué. “¿Qué habría en la cabeza de este tipo? ¿O qué no habría?” Y espero encontrar un atisbo de trastorno psiquiátrico. Como mínimo.

Asumimos entonces que toda manifestación artística tiene significado. Perfecto. ¿Pero no estamos confundiendo significado con contexto?

Cuando se deja una obra a la libre interpretación, el artista pierde parte del control. Y el espectador la asume en forma de responsabilidad. Una situación incómoda para ambas partes. Una excursión fuera de la zona de confort – tan bien visto hoy en día – pero  incómoda, al fin y al cabo.

Un espectador buscando el cartel explicativo

En este supuesto, además, nunca habrá un significado único y verdadero. Y si hay algo que guste a esta sociedad nuestra sustentada en la ciencia y la tecnología, son las verdades en términos racionales, empíricos, absolutos, irrebatibles.

El libre albedrío

Dijo el compositor Gustav Mahler que “ninguna música vale nada si primero has de decirle al oyente qué experiencia se esconde detrás de ella y lo que se supone que debe sentir al escucharla […] Tan sólo tienes que traer tus oídos y corazón, y sobre todo, rendirte al rapsodista. Siempre quedará algo de misterio, incluso para el propio creador”.

Aunque una de las declaraciones más elocuentes sobre esta cuestión nos llega del ensayo The Death of the Author (1967) – la Muerte del Autor – por el crítico literario francés Roland Barthes . Si bien escribe sobre literatura, sus preceptos pueden fácilmente extrapolarse a cualquier manifestación creativa. Barthes advierte del peligro de tomar la vida del artista como la connotación definitiva de su obra. “El trabajo del artista es un espacio de múltiples dimensiones. La unidad de un texto no está en su origen, sino en su destino”, sostiene. Una manera muy elegante de decir que es el lector (o espectador) el que le da el sentido final a la obra.

Una visión un tanto romántica. Y abandonada.

Parece que el arte por amor al arte tuvo días mejores.

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