Hace unas semanas decidimos, mi hermana, unas amigas y yo, vencer la apatía de un domingo otoñal marcándonos un tour cultural por Málaga. Lo iniciamos comiendo. Contundente. Con los estómagos llenos y las almas felices nos encaramamos a la Alcazaba. Los traseros pesaban. Pero hacía sol. Y el sol, todo lo aligera.

Cuando cayó la tarde entramos en el Thyssen. La colección temporal versaba de payasos diabólicos. Así que concentramos la visita en la permanente; en particular en una de las plantas – la que yo llamo del folklore andaluz.

Me detuve frente a un cuadro que mostraba un cortijo con las paredes blancas salpicadas de vegetación y macetas con rosales y geranios en el patio. Muy tópico. Que me gusta a mí un tópico.

Tras la ventana enrejada con forja barroca se hallaba sentada una doncella de cabellera azabache y mantón blanco. Fingía una plácida serenidad. Y digo fingía porque como mínimo tendría los músculos de la espalda en tensión y el corazón desbocado.

Y es  que frente a la ventana, la corteja un gentil caballero con sombrero plano y la capa recogida.

Me sumergí en la estampa. Casi podía oler el aroma que desprende el azahar al sol y palpar la expectativa, la inquietud, las sonrisas contenidas.

La secuencia representada en el cuadro tiene nombre propio: “pelar la pava”. Esta expresión de connotaciones avícolas viene a describir la conversación mantenida por dos enamorados de acuerdo a las buenas costumbres – es decir, con una distancia de seguridad insalvable, como por ejemplo una reja de hierro. No vaya a ser.

Una de mis amigas se acercó por detrás y comentó: es tal cual lo cuenta mi abuela.

Y yo, que me encontraba levitando en el siglo XIX, de repente me doy cuenta de que las cosas han cambiado muy rápido (conclusión a la que tiendo a llegar – demasiado – a menudo).

Hace no tanto la abuela de mi amiga se sonrojaba tras unos barrotes cuando le regalaban una flor. Ahora, recibes invitaciones para hacer prácticas sexuales sofisticadas o colectivas – o ambas –  a modo de saludo en Tinder.

Eso de pelar la pava puede parecer una ceremonia trasnochada.

Pero mi faceta de mujer del Romanticismo no puede evitar ver un halo de ternura, de conmiseración y de lirismo en el rito que da paso a una unión concluyente. El matrimonio no es moco de pavo, vaya. O no lo era.

De los ritos me gusta el que doten de trascendencia y significación al propósito.

Y lo hacen bebiendo de la historia, de la tradición, del conocimiento inmemorial, de las eventualidades cotidianas, del azar histórico.

El cortejo es anticipación. Es expectativa. Es solemnidad.

Es el arte de la paciencia, del toma y deja, del requiebro mordaz, del afecto cordial.

Es un juego de seducción marcado por la incertidumbre, la tensión, la impaciencia, el ardor.

También es floritura, ceremonia, la envoltura social de un instinto primitivo. Y puede que el tráiler magistral de una película que resulta ser aburrida.

“Motivados por la fuerza del amor, fragmentos del mundo se buscan entre sí para que pueda haber un mundo” Pierre Theilard de Chardin

Es igual si ese fragmento está tras una reja. O a golpe de clic.

Reanudemos el cortejo como arte.

O al menos, démosle un poco de arte al flirteo.

Nota: El cuadro es Cortejo ante la verja, de José Moreno Caballero. 1874

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