Anoche se dio una situación curiosa.

Me encontraba en mi habitación. Sola.

Velas, música, una copa de vino. Videollamada con mi hermana.

Oigo sus risas por partida doble: por teléfono, y como eco distante.

Se encontraba en la habitación de al lado.

Cosas del Covid.

Después de ponernos al día de lo (no)ocurrido durante la semana de confinamiento, le pregunto si ya ha hecho su lista de propósitos para 2021. Me responde que este año no la va a hacer. Silencio. A modo de explicación añade que cumple más metas cuando no se las propone.

Silencio otra vez.

-Bueno, lo importante es saber el estilo de vida que deseas llevar – comento.

-Eso ya lo tengo aquí – responde señalándose la sien.

Me deja pensando.

Cuando terminamos la llamada reviso mis objetivos de 2020. Y los del 2019. Y los del 2018.

Detecto patrones similares. Metas que van pasando de un ejercicio al siguiente como una ambición incómoda pero anhelada.  Ilusiones descolgadas. Intenciones desapasionadas.  Finalidades opacas. Me pregunto qué ocurre. ¿Son deseos reales, o las auto imposiciones de un adiestramiento motivacional?

Porque claro, hay que alcanzar la felicidad mientras nos convertimos en la mejor versión de nosotros mismos a través de la eliminación de bloqueos, el desarrollo de nuestra pasión (que además nos hará ricos) , y el equilibrio entre vida personal y profesional. Todo ello comiendo sano, teniendo un aspecto estupendo y luchando contra el cambio climático.

Intenciones loables.  Y factibles.

Si te va el malabarismo.

Cuando deseamos algo de veras, y el alma lo perspira por todos los poros de nuestra piel, el deseo se convierte en obsesión. Obsesión tranquila, incuestionable. Pero obsesión al fin y al cabo. Y es entonces, solo entonces, cuando vamos a por ello. Vaya que si vamos. Arramplamos.

Es la intersección entre el anhelo y el único desenlace posible. No lo tenemos, pero tampoco imaginamos nuestra vida sin ello. Es innato. Consustancial a nuestro camino. Lo vislumbramos, ahí al final. El viaje no será confortable. Ni lineal. Ni previsible. ¿Pero qué aventura lo es? No sabemos cómo llegaremos. Tampoco nos angustia. Porque lo haremos. Es cuestión de tiempo. Y timing is a bitch, que dicen. Pero jugará a nuestro favor. Porque el tiempo favorece a los valientes.

Así lo siento. Así lo he vivido.

Y así germina la duda sobre la naturaleza de mis propósitos frustrados. ¿Son un anhelo auténtico? ¿O una mosca que ha venido a revolotear alrededor de mi consciencia?

Cuando me he enfrentado a la toma de una decisión importante, mi padre siempre me ha dicho: escúchala.

-¿A quién? – pregunté la primera vez.

– A ella. Tu  “Yo” verdadera. La auténtica. La que te habla en forma de intuición.

Desde entonces he invocado a mi “Yo” muchas veces (con más o menos éxito).

Y lo hago una vez más.

¿Son mis propósitos de año nuevo un deseo genuino? ¿Los quiero de verdad? ¿O he aprendido a creer que los quiero?

Tampoco me apetece enzarzarme en una lucha entre mi consciente y subconsciente. No estoy en vena.

Así que optaré por la simplicidad. Y el egoísmo.

Escogeré una cosa. Una sola. Esa cosa que me haga sentir plena, realizada, feliz. Esa aventura que haga que me iluminen los ojos al contarla. Ese proyecto que de no concluirlo, me arrepienta.

Una sola cosa.

Y lo haré instalada en el individualismo. Lo digo cuando estamos a punto de entrar en un nuevo ciclo astrológico de Grandes Conjunciones en signos de aire que durará 150 años, y que conllevará un cambio de paradigma basado en la comunicación, el esfuerzo conjunto, la colaboración.

Me parece fabuloso, no vayan a pensar.

Pero en la tempestad en que se convierte nuestro discurrir cotidiano, nos olvidamos de cuidar de nosotros mismos. De mimarnos. De malcriarnos, incluso. De parar y preguntarnos ¿todo bien?

Cocinar rico. Poner la mesa con arte. Comprar flores frescas. Meditar. Pintar. Pasear. Hacer el tonto. Y el amor. Leer. Prender velas. Nadar. Arreglarse. Perder el tiempo ganándoselo al tedio. Tomar un café, con placer, sin premura.

Pequeños obsequios. De nosotros. Para nosotros.

Acordémonos de ser egoístas. Vivamos para fuera. Miremos para dentro.

Feliz Año.

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