Los cigarrillos compulsivos. A veces, incluso, placenteros.

El acortamiento indefinido de las faldas.

 Los destellos de liberalismo sexual.

Las ojeras.

La convulsión política.

Los rascacielos.

El humo.

El terciopelo. Las plumas. Los flecos. La pedrería. (Gracias, Zara).

El jazz.

Los ojos ahumados.

Los discursos exaltados – o embriagados.

El Café de Flore.

La tecnología como palanca del progreso.

La insatisfacción.

La androginia.

El éxtasis.

La crítica a las leyes laberínticas.

Los percheros de pie.

El tedio (diurno).

Hollywood.

Los escarceos.

El whisky.

Los amagos de amor libre.

Las horas muertas.

El exceso.

Los ultramarinos.

El cristal labrado.

La educación física.

La juventud como valor.

El limbo entre terminar de empinar el codo y empezar a recuperarse de la resaca.

Las farmacias con portada de madera.

La cerámica.

El champagne.

Las lámparas de araña.

Los circos. De todo tipo.

“Fue una era de milagros, una era de arte, una era de excesos y una era de sátira” dijo Fitzgerald.

Años hermosos. Años malditos.

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