Perlas.  No hay accidente más exquisito.

Un intruso irritante (pongamos un parásito o partícula de concha) se introduce en la ostra. ¿Y qué estrategia de defensa adopta ésta? Va envolviendo al forastero en nácar lentamente, con mimo, hasta que deja de ser amenaza para convertirse en poética marina.

La gema más antigua. Y la más cara

Fue regalo habitual en la realeza china desde el 2.300 a.C.

Pieza de joyería desde (al menos) el 420 a.C. El sarcófago de una princesa persa lo constata (disponible on demand en el Louvre en París).

En la antigua Roma, se consolidó como epítome de status social – decretazo mediante. En el siglo I a.C. Julio César promulgó una ley por la cual sólo podían lucir perlas en público las clases gobernantes. Tal era su valor que según el historiador y biógrafo Seutonio, el general romano Vitelio financió una campaña militar vendiendo un pendiente de perlas de su madre. El emperador Calígula, tras haber nombrado cónsul a su caballo (sic), lo condecoró con un collar de perlas.

Cleopatra, reina de Egipto y grande de la opulencia, le demostró a Marco Antonio que podía ofrecer el banquete más prohibitivo de la historia. Lo hizo triturando una de las perlas de su pendiente y vertiendo el polvo en la copa de vino de su pasmado amante.

El vestigio identificado más antiguo se halló el año pasado, nada menos. En Abu Dhabi. Una perlita de 8.000 años. Prueba inequívoca para las autoridades de que el comercio de perlas data del Neolítico. Y de que el lujo es parte del ADN de la región. No en vano la exponen en la colección “10.000 años de lujo” de la galería Louvre Abu Dabhi.

Sí. Antes del petróleo fueron las perlas. Aridez. Y abundancia.

La Edad de la Perla

El descubrimiento de perlas en América Central y del Sur en los siglos XV y XVI propugnó la continuidad de su esplendor y permitió satisfacer una demanda cada vez más alta por parte de la nobleza y realeza de Europa Occidental. Ya entrado el siglo XIX ocurrió lo de siempre. ¿Adivinan? Escasez. Caída de la oferta. Subida de los precios. Revalorización. Locura.

Un clásico.

Peligro de extinción

Hasta principios del siglo XX, la recolección de perlas corría a cargo de buzos que se sumergían a más de 30 metros de profundidad para extraer ostras “productoras”. Las inmersiones eran arriesgadas. Y poco agradecidas: tres perlas por tonelada de ostras. Las perlas de agua dulce ofrecían menos complicación, eso sí. Pero los lechos de recolección pertenecían a la realeza.

El momento ahá

Kokichi Mikimoto, hijo de un fabricante de noodles japonés, debió de pensar: ¿y si le damos un pequeño empujón a la naturaleza? Dicho y hecho. Probó a introducir de manera manual un irritante en una ostra. Tras varios experimentos, en 1893 creó la primera perla cultivada del mundo. Y puso patas arriba la industria. Las granjas de perlas proliferaron. En 1935 ya había 350 sólo en Japón, produciendo 10 millones de perlas. Los precios de las perlas naturales cayeron en picado, pues por aquel entonces no había manera de diferenciarlas de las criadas “en cautividad”. La caza de brujas no se hizo esperar. Se acusó a Mikimoto de que sus perlas cultivadas no eran “reales”. La evidencia científica lo refutó: ¿qué más da que el intruso entre en la ostra sólo o con la inestimable ayuda de un humano? Las propiedades resultantes eran exactamente las mismas. A día de hoy, las perlas de Mikimoto (denominadas Akoya) se cotizan por su calidad y vivos colores. Y Japón sigue ostentando una posición potente en el mercado. También Australia, Tahití, Indonesia y Filipinas. En el palmarés China, con un 90% de la producción mundial de perlas. Pero representando sólo un 10% del valor económico.

Mito y leyenda

En la antigüedad, la simbología de las perlas estaba estrechamente relacionada con la Luna por su centelleo iridiscente y procedencia marina – las mareas se encuentran regidas por los ciclos lunares- atribuyéndoseles propiedades mágicas.

También se las ha asociado con la pureza y la inocencia, siendo un regalo habitual en las bodas hindúes. Se ofrecían vírgenes, tras lo cual eran perforadas, como un sutil adelanto de la noche de bodas. Según la leyenda, fue el dios Krishna quién las descubrió y ofreció a su hija Pandaïa cuando se casó.

Afrodita, diosa griega de la sensualidad, la belleza y el amor, emerge de una ostra gigante. Si se fijan, en las representaciones pictóricas de Afrodita – o su “equivalente” romano, Venus – es frecuente el esbozo encubierto de alguna perla.

Pero fueron los árabes quienes las difundieron por todo el mundo a través del comercio, explotando la abundancia de perlas naturales del Golfo Pérsico. También las reverenciaron. Según una leyenda, las perlas se formaron a partir de gotas de rocío que fueron tragadas por las ostras cuando cayeron al mar. La descripción del paraíso en el Corán las enaltece profusamente: “un buen musulmán cuando entra en el reino del cielo es coronado con perlas de un brillo inigualable, y le esperan hermosas doncellas que parecen perlas escondidas”.

Más allá de la voluptuosidad, las perlas también tuvieron un hueco en los rigores de los primeros años de la Edad Media, cuando los caballeros las llevaban al campo de batalla como protección contra el peligro.

Remedio milagroso

Los chinos les atribuyeron el poder de la juventud eterna. Los griegos, el de reforzar la actividad cardíaca. También se ha empleado como tónico del sistema nervioso (para aliviar la ansiedad) y sexual (para aumentar la libido). En el siglo XVII, algunos fármacos contenían polvo de perlas. Su resplandor se llegó a considerar un potente elixir de belleza para aportar luminosidad y prevenir el envejecimiento, y a día de hoy, su uso cosmético sigue en boga. Marcas veneradas en el mundillo wellness – como Moon Juice – han lanzado sus polvos de perla en todo un revival de medicina antigua.

Glamour. O puede que no tanto

Durante la mayor parte de su historia, las perlas se exhibieron como símbolo de riqueza y posición social. Más era más. Brazaletes, collares, pendientes, tocados e incluso bordadas en los vestidos. Es en el siglo XX cuando su rol empieza a cambiar. Viven una etapa tumultuosa, empezando, cómo no, por los años 20. Se llevaban en forma de collares largos superpuestos. Coco Chanel fue su máxima valedora: “las mujeres necesitan ristras y ristras de perlas”. Así de simple. Su mensaje caló. Y su particular forma de combinarlas con ropa informal y mezclando perlas auténticas con otras de cristal no tardó en ser copiada por millones de mujeres. Otros exponentes de estilo las hicieron su seña de entidad, como Audrey Hepburn o Jackie Kennendy, que manifestó que las perlas siempre son apropiadas.

Grace Kelly debió de ser la última en reivindicar su condición aristocrática con su mítico: “las perlas son la reina de las gemas y la gema de las reinas”.

En los años 80 las perlas vivieron una abrupta caída en el escalafón del estilo, pasando a ser santo y seña de las señoras mayores aficionadas a los twinsets y los cardados.

A principios del siglo XXI vivieron un resurgir. Aunque sería mejor que no hubiera sucedido. Llegó de la mano del pijerío y sus alhajas de perlas gigantes – de plástico – que no tenían nada que envidiarle a la paleta pop de Andy Warhol.

 ¿Y ahora qué?

Las perlas son el símbolo más antiguo de belleza natural. Al contrario que los diamantes, no necesitan talla ni pulido. Se las ha de venerar y respetar tal cual, como vinieron al mundo. Nos hemos habituado a esferas simétricas, sin mácula.

Pero algunas de las perlas más especiales jamás encontradas no son más que una reverberación de las maravillas del mundo marino.

La próxima vez que las lleves, que sea un homenaje.

A la historia. A la luna. A mar.

Y a la vida.

Porque fue la ostra herida,

la que convirtió el dolor,

en belleza, aprendizaje y gallardía.

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