Cuando era pequeña, mi madre me metía en la mochila para el recreo un sándwich de pan negro – de centeno, de los que venden en las tiendas alemanas o secciones de dietética – con mantequilla.

Simple. Grandioso.

Cierto es que no podía competir con los bollicaos de mis compañeros – capricho que únicamente me estaba reservado para cuando me ponían una vacuna.

Pero a mí me encantaba mi pan con mantequilla.

Me sigue gustando. Aunque es tan sencillo que rara vez me viene a la cabeza.

Ingleses y mantequilla: una historia de amor

Pan con mantequilla. Puro hidrato y grasa.

No es de extrañar que no haya calado en la cuenca mediterránea. Pero sí en los países centroeuropeos. Sobran los testimonios de viajeros románticos procedentes de Francia, Holanda, e Inglaterra que cuando visitaron España sólo encontraron aceite de oliva y manteca de cerdo. Debió de afectarles tanto que lo documentaron. Profusamente.

Algunos no se rindieron y descubrieron las “mantecas de leche de ganado”. Se almacenaban en las tripas de algún animal para su transporte. Cuando se entregaban en el mercado no estaban frescas. Algunas ya habían fermentado. O incluso habían pasado a la siguiente fase: la de los gusanos (sí, también hay constancia escrita de este drama). Richard Ford hizo constar en sus numerosos libros sobre las costumbres españolas que en Galicia, Cantabria y Soria sí que había mantequilla. Y no estaba mal. Pero a su juicio no era comparable con la inglesa. Cómo no.

Hace unos años tuve que asistir a un evento corporativo en Birmingham (UK). En la gala de clausura, mientras esperábamos el plato principal, nos sirvieron vino – del que raspa –  y pan con mantequilla. Después de un día de reuniones en el que sólo engullimos un sándwich a las doce de la mañana, todo el mundo se abalanzó sobre el pan con mantequilla. Y el vino.

En Inglaterra lo he visto a menudo. En las cantinas proletarias, mantequilla sobre pan de molde blanco, con huevos, bacon y baked beans. En los restaurantes con aspiraciones, pequeños montículos de mantequilla a las finas hierbas sobre minúsculos platitos individuales creados específicamente para tal propósito.

Llenarse la boca de pan con mantequilla

Un reflejo de la significación de un símbolo en una cultura es su trasvase al lenguaje coloquial.

Desde la Edad Media se usa la expresión bread and butter para referirse a sueldo o sustento. Campesinos y jornaleros sólo podían permitirse una comida al día, que consistía en una sopa y una rebanada de pan con mantequilla.

También es exaltación de la unión eterna (ahí es nada). Existe una superstición según la cual, si dos personas van andando y se ven forzadas a separarse momentáneamente por un obstáculo – pongamos una farola – han de decir bread and butter para no alterar su vínculo. La lógica es que resulta imposible separar la mantequilla de la rebanada una vez está untada. Tiene sentido.

Y una bread and butter letter (literalmente, carta de pan con mantequilla) es un mensaje para agradecer la hospitalidad que nos ha brindado alguien (normalmente una cena o una estancia de una noche).

La tierra gira alrededor del sol. Y el pan con mantequilla salva vidas (Copérnico dixit)

Cuenta la leyenda que el pan con mantequilla es invento de Copérnico. En 1519 se encontraba al noreste de la actual Polonia, durante el sitio de Allenstein. La localidad estaba siendo azotada por una plaga mortal. Copérnico sospechó que el origen de la transmisión podría estar en la comida, y separó a los habitantes en varios grupos a los que administró diferentes dietas. Descubrió que el pan era el foco de contagio. Lo que no tenía muy claro era si el pan estaba siendo contaminado por los enemigos….o por la suciedad reinante. Decidió untar el pan con una sustancia comestible de color claro (mantequilla) de manera que cada vez que entrase en contacto con la suciedad sería claramente visible y se podría desechar. ¿El resultado? Un éxito. ¿El motivo? Evitó el contacto del pan con el suelo, infestado de ratas.

Paralelismos vitales

Pan con mantequilla. Casa bien con el jersey de lana y la chimenea.  Con la merienda perezosa en casa cuando acabas de hacer una pausa tras varias horas sin despegar la vista de un libro que te tiene totalmente absorbido. Me gusta sobre una rebanada fina de pan rústico muy tostado – casi quemado, no lo puedo evitar – y mantequilla salada, aromática, untuosa.

Me transporta a mi infancia. Y como ocurre con los recuerdos de infancia –  a menos que haya sido traumática – genera confort. Como si te arropasen con una manta.

Es una apología de la sencillez. De cómo la simbiosis de dos elementos simples da lugar a una combinación suntuosa. El pan como vehículo catalizador de sabor de la mantequilla. Se elevan el uno al otro sin robarse protagonismo. Danzan en armonía. Y el culmen del baile, en la boca.

Iba a decir que es como una metáfora de la vida.

Pero entonces recuerdo, que la tostada siempre cae por el lado de la mantequilla.

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