La mujer que tenía delante en la cola de la cafetería pidió un café con leche desnatada y sacarina y…un donut.

El dependiente, refugiado en su apatía, asintió débilmente con la cabeza.

Ella sintió la necesidad de justificarse. Y se escudó en un ramalazo de humor autocrítico.

-Hay que ver como soy hijo, sacarina por un lado, porrón de azúcar por otro – risas – No tiene sentido ¿verdad? Pero a veces las personas somos así…

-No se preocupe, muchos lo piden así  – respondió el dependiente, poco dispuesto a darle coba.

La mujer era pequeñita, su risa entrañable y la situación me provocó risa. Luego, ternura.

Y después, cuando ya me senté a tomar mi café al sol, me sumió en un debate unilateral conmigo misma. Lo cierto es que no sé si esto es algo habitual, un síntoma de trastorno mental o un rasgo de genialidad, pero cuando analizo un tema salto de una premisa a otra, imaginando tanto pros que las respalden como contras que las tumben, ejercicio que deriva en un acalorado debate donde las posiciones enfrentadas escupen argumentos de manera simultánea y desordenada.

Como un partido de ping-pong. Pero con muchos jugadores.

Un rico mundo interior, el mío.

El donut y la sacarina me dejaron pensando en la cantidad de veces en la vida que incurrimos en contradicciones.

Yo la primera.

Aunque por supuesto, solemos ver antes la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.

La primera contradicción a la que recuerdo haberme enfrentado fue un verano en el que trabajé en un imponente edificio clásico de la Gran Vía en Madrid. Me dedicaba a acompañar a los invitados que acudían para ser entrevistados en la radio. Las horas muertas las pasaba curioseando por los despachos vacíos o charlando con el vigilante de turno. Una tarde espacialmente tediosa de agosto en la que – oh milagro – coincidieron dos personas en el vestíbulo – un alto directivo y una creativa publicitaria – el vigilante me susurró:

-¿Has visto el repaso que le ha hecho Don Pérez a la Mary? [nombres ficticios]

-¿Pero él no estaba casado?-  respondí con estupor.

El vigilante no contestó, pero la mirada irónica de pobre-niñita-inocente que me dirigió se me ha vuelto a aparecer en muchas ocasiones. Algunas no hace tanto, la verdad. Y ha llovido.

Al poco de graduarme, hice unas prácticas en una multinacional financiera. Echábamos horas. Muchas. Una de las compañeras del departamento había tenido gemelos. Nos enseñaba fotos cada día. Sus bebés comiendo. Sus bebés bañándose. Sus bebés llorando. Sus bebés babeando. Sus bebés, sus bebés, sus bebés. Cada día nos aclaraba que sus bebés eran lo más importante de su vida (por si acaso quedase resquicio de duda). Sólo cambiaba de tema para hablar del casoplón que tenía en una exclusiva urbanización de Madrid.

Para una pipiola con poco dinero y muchas ganas de comerse el mundo, como era mi caso, la madre de los omnipresentes gemelos resultaba tediosa. Me generaba cierta confusión. Y hasta rechazo. Con el proceso de reflexión naif que me caracterizaba, pensé: si los bebés son lo más importantes de su vida, ¿no merecería la pena dejar el trabajo, prescindir de la cuidadora interna, mudarse a un chalet un poco más modesto y pasar todo el tiempo con sus deidades? Me apeteció preguntárselo, pero como aprendí de mi padre, ante la duda, mejor mantener la boca cerrada.

He vuelto a ver – diseccionar – muchas contradicciones en el trabajo, los viajes, las relaciones, la prensa.

Las contradicciones son cotidianas.

Y lo cotidiano tiende a adquirir un carácter de aburrimiento derrotado suave, automático y grácil como un hilo musical de jazz.

Simplemente está ahí.

Algunos tienen dificultades para llegar a fin de mes. Pero cuando cobran se marcan un Gatsby. Porque los langostinos y el buen vino son vida. Que corra el Möet.

Los hay que tienen un Tesla. Pero no reciclan.

Los que madrugan los domingos para hacerse 50 km en bici. Y recuperan con unas cañas. Y unos torreznos. Y unas tapas de choricitos a la sidra y ensaladilla. Con un gin tonic para bajar. Y el cigarrito- o dos – de rigor.

También están los que adoran leer. Pero se entregan a Netflix.

Y los que animan en Instagram con frases crípticas y motivacionales a asumir riesgos y salir de la zona de confort, cuando su mayor atrevimiento ha sido aparcar en doble fila.

Según la RAE, contradicción es oposición, contrariedad o antagonismo.

Pero los términos opuestos, no son, per se, excluyentes.

Durante años, cuando me pedían que definiese mi personalidad (ya saben, típica pregunta de primeras citas y entrevistas de trabajo) la primera palabra que me venía a la cabeza era “contradictoria”.

Obviamente, me lo guardaba. Nadie quiere contar en su equipo, ni tener como novia a una chica contradictoria. Porque todo el mundo sabe que entre la contradicción y la bipolaridad hay una línea muy fina.

Con el tiempo aprendí a relativizar. Una primera aproximación superficial al taoísmo durante un viaje me hizo comprender el concepto de dualidad. Sin ánimo de ponerme mística, pero sin más remedio que hacerlo, pienso en el yin y el yan, el cielo y la tierra, el blanco y el negro, la luz y la oscuridad, la luna y el sol, lo femenino y lo masculino, el infierno y el paraíso.

Oposición, pero también interdependencia. No existe el uno sin el otro.

Me quedo con las personas que a priori categorizo como inclasificables. Personas a las que es imposible encasillar en un grupo por su ideología, gestos, reflexiones, valores, forma de vestir, sitios que frecuentan, anécdotas que cuentan.

Hay personas que resultan inclasificables en la primera toma de contacto. Luego, se van tornando cada vez más predecibles.

Pero otras, refuerzan su condición cuanto más profundizas.

Y estas, estas, sí señor, son las mejores.

Porque puede que la contradicción sea común.

Pero no por ello deja de ser fascinante.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *