Las velas. Que la sandía salga dulce. El olor del mar. Que el ascensor ya esté en tu planta cuando pulsas el botón. Haber cogido chaqueta cuando refresca. Que te sirvan el café a la temperatura perfecta. Y el vino, igual. La jornada continua. Los grupos de Whatsapp sin actividad. El vermouth. Encontrar el regalo perfecto por casualidad. Y antes de tiempo. Las infusiones. Las lámparas de araña. Notar que te mira cuando no miras. Las estancias bañadas por el sol. Las flores frescas. Los jerseys que no pican. Ni hacen bolitas. El guacamole. Las mantas pesadas y las sábanas espesas. Los ventanales. Los hombres con sombrero. Los masajes de espalda. Una sucesión de semáforos en verde cuando conduces por poblado. Las agendas de papel grueso y amarillento. Los espejos que estilizan. Que suene tu canción. Un huevo frito bien hecho. Que te llame en lugar de escribirte. La luz tenue. Asomarte a conversaciones ajenas más interesantes que la tuya. La carne en su punto. Que te dure la manicura. Las cañas bien tiradas. Las personas que ríen desde el estómago. Las que hacen lo que dicen.  Las que dicen lo que nadie se atreve a decir. Y las que te dejan buen regusto. Las ventanas con aislamiento acústico. Los tomates con aroma. Los suelos de madera. Spotify Premium. Acertar en un restaurante. Y que el pan sea artesano, y los postres, caseros. Que te reciban en el aeropuerto. Visitar un museo vacío. Encontrarte el baño del bar más limpio de lo que esperabas. Que cocinen para ti. Las portadas de libro sugestivas. Que la batería del móvil te dure tres días. Que bese bien. Caminar sobre mojado. Que el plan que no te apetecía se cancele. Las librerías abarrotadas – de libros- . Las plantas que apenas requieren cuidados. Otoño en cualquier ciudad europea. Los brindis cortos. Ir al cine solo. Que el camarero te ponga lo de siempre. Las películas que te empapan de una sensación. Las dedicatorias. El chocolate negro. Los vuelos a horas no intempestivas. Las parejas de ancianos que caminan de la mano. Los domingos largos, plácidos, lentos. Volver a entrar en unos vaqueros. Encontrar sitio para aparcar -en batería-. Que te pongan tapa. Las narices aristocráticas. Que haya enchufe al lado de la cama. Topar con una foto antigua. Las duchas calientes tras paseos fríos. Los gatos que se restriegan contra tus piernas – aunque sea por interés. El olor de las calles tras la lluvia. Las sonrisas anónimas, fugaces, altruistas. Los colchones con el punto justo de dureza. Las sobremesas. El helado de pistacho. El mar en invierno. Que te abrace por detrás. Dar con la blusa que no te llegaste a comprar rebajada. Poder elegir asiento. Descubrir tus apuntes de adolescencia. O veinte euros en un abrigo viejo. Las texturas untuosas. Que te regalen un viaje. El chupito por cortesía de la casa. Bordar una receta. Ser el único turista en un restaurante abarrotado de locales. Que el chorro de la ducha salga fuerte. Que te hablen de tú. Desayunar despacio. Verle conducir.

Apreciar el saber apreciar.

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