Si te despiertas a las tres de la mañana, sabes que estás perdido.

Basta el claxon de un coche o cambiar de posición en la cama para entrar en ese limbo entre el sueño y el desvelo. Un instante fugaz, inocente, perezoso, soñoliento. Pero si en ese momento se cuela un pensamiento…sabes que estás perdido.

Y la consciencia de estarlo, no hace sino ratificar la condición de desamparo.

La irrupción de pensamientos de diversa índole se torna entonces inevitable. E irreversible.

Chorradas cotidianas se entrelazan con disquisiciones existenciales. Listas de tareas pendientes bailan con conversaciones pasadas. Decisiones erróneas con otras que corren el riesgo de serlo. Sueños adolescentes con expectativas no cumplidas. Planes. Diálogos imaginarios y respuestas ingeniosas que se nos ocurrieron demasiado tarde. Supuestos hipotéticos. Sospechas basadas en suspicacias. Mensajes sin responder. Personas que nos amaron, nos enseñaron, nos hicieron daño. Personas que entraron en nuestra vida  y que salieron, y personas que se pasearon por ella como Pedro por su casa.

Un batiburrillo mental.

Nada que objetar si en el desorden se filtrase un destello de inspiración. O genialidad.

Pero a las tres de la mañana, toda esa amalgama cerebral adquiere un cariz trágico, oscuro, fatal e inexorable.

De repente tu pasado se te antoja una concatenación de errores y oportunidades perdidas.

Y el futuro, el Infierno de Dante.

Tres de la mañana.

La hora de las brujas –  se cree que aparecen y son más poderosas las criaturas sobrenaturales, como brujas y fantasmas-.

O la del diablo –  se opone a las tres de la tarde, hora en que se supone Jesús fue crucificado-.

Un nombre muy oportuno.

Cualquier insomne me entenderá.

¿Y qué haces entonces?

La resistencia

Teniendo en cuenta que estás perdido, puedes apalancarte en tu inocencia y cometer el suicidio mental de intentar volverte a dormir haciendo el esfuerzo de poner la mente en blanco.

Error.

Como la ola que se retira tras romper en la orilla para regresar con ímpetu renovado, los pensamientos volverán para martillearte sin piedad.

La maniobra de distracción

O lo que es lo mismo, sortear la tormenta. Cualquier actividad de bajo nivel intelectual como la TV o Instagram servirán.

La rendición

Si no puedes con el enemigo, únete a él. La tormenta cerebral durará varias horas, hasta que el cansancio venza y te vuelvas a dormir. Esto suele ocurrir unos 15 o 20 minutos antes de que suene la alarma del despertador.

El contraataque

Mi método favorito: levantarme y desayunar. Porque desayunar a las tres de la mañana, supone tener que volver a hacerlo a las ocho. Y un día que empieza con dos desayunos… sólo puede ser un buen día.

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