Cada vez que digo que jamás haría algo, la vida fuerza las circunstancias para que lo haga.

Y así es como un buen día me instalé, una vez finiquitada la temporada de verano, en un bloque de apartamentos turísticos anticuados de un lugar de la Costa del Sol cuyo nombre prefiero no mencionar. Una pista: cuenta con la marina más bonita de Europa (revista “especializada” de 1995 dixit). 

Su posición estratégica, junto al aeropuerto de Málaga (otra pista) la convierte en una golosina para los jubilados británicos. Proliferan las happy hours sin hora de comienzo ni de fin, los restaurantes hindués, los full English breakfasts, los menús de paella más jarra de sangría, los paseos en catamarán con barra libre, las pintas de cerveza tirando a caliente, ABBA.

Viene mi hermana a visitarme. Tiro de coche y Tripadvisor para hacer algún plan diferente.

Un día de desidia y calor bajamos al paseo marítimo. Cuando dejamos atrás una tienda de colchonetas multicolores y el Drunken Sailor (“Marinero Borracho”; tercera y última pista) queda patente que mi ambicioso plan vital de iniciar una existencia plácida en un lugar auténtico ha fracasado estrepitosamente.

Me concentro – en un forzado intento de autoconsuelo -de mirar al mar en lugar de dejarme capturar por los carteles promocionales que fueron fosforitos en un pasado mejor.

-Tampoco está tan mal – responde mi hermana a mis pensamientos.

Continúan sucediéndose los complejos turísticos de altura media y superficie mastondóntica. Se escucha la sesión de aerobic del mediodía. En los chiringuitos empiezan a exponerse las barrigas superlativas perladas de sudor. Sombrillas, neveras y sillas plegables pugnan por mantener su hegemonía en la parcela de arena conquistada.

Mis pensamientos se intercalan con las acciones de captación comercial emprendidas por algunos camareros.

No me cuesta concluir que la ironía me ha llevado a vivir en un lugar en el que no desearía ni pasar mis vacaciones.

Al final del paseo brindamos por mi nueva vida. Con cocktails azucarados de color neón.

Un dos por uno. Y de fondo, Mamma Mia.

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