Tengo la carpeta “Whatsapp images” saturada de memes sobre lo orondos que llegaremos al final de la cuarentena. El consumo de internet se dispara. Netflix recorta la calidad del vídeo para poder cubrir el aumento desmedido de la demanda. Desaparece el papel higiénico. Después los snacks y la cerveza. Y finalmente la harina y la levadura (evidencia psicológica inequívoca del irreparable atrofiamiento de nuestro instinto de supervivencia). Los supermercados suspenden los repartos. Se comenta el final de la cuarta temporada de la Casa de Papel. Y no lleva ni un par de horas en antena. Una corriente de disidentes del inevitable sofá + peli baila zumba made in Youtube o se graba haciendo jumping jacks.

El panorama no podría ser más apropiado para respaldar el desencanto que siento con la sociedad en mis ramalazos de corte existencial.

Sorprendentemente, la sensación que se me queda tiene más que ver con la promesa. Se ve un tímido pero impávido brote de materias de índole humanista. Entre la incertidumbre y el pesimismo, la belleza pugna por asomar, y se despliega como tinta en el agua; avanza fluida, hipnótica, elegante y sigilosa. Contenido envenenando lentamente el continente.

Sezane, mi marca de ropa favorita, ha puesto en marcha “habitación con vistas” (quartier libre o room with a view), un programa semanal de directos en Instagram donde abordan desde lecciones sensuales de filosofía (y francés) a workshops artísticos pasando por entrenamientos inspirados en ballet clásico.

Alimentando un poco más el tópico de la intelectualidad francesa, Gabrielle Caunesil, directora creativa de La Semaine Paris también organiza directos donde enseña peinados demodé como el banane chignon, prepara risottos junto a marido Ricardo Pozzoli, o charla con Mathilde Thomas, co-fundadora de Caudalie, una de las empresas cosméticas pioneras el uso de ingredientes naturales.

Los tabloides se hacen eco de las colecciones que los museos han abierto online. Mi mente condicionada por la Administración de Empresas se cuestiona si este modelo es viable como polo de atracción a largo plazo, pero sobre todo si al ser gratis le daremos el valor que merece.  Dese una vuelta por el MoMA de Nueva York, la National Gallery de Londres o el Museo Nacional de Tokyo. En pijama. A la una de la mañana. Con un sándwich club con patatas fritas sobre las rodillas. Y abandónelo a la media hora. Sin coste, sin culpa. Pero más culto. Pequeños placeres.

Me da mucho gusto que instituciones serias, en un ejercicio de humildad y buen humor, desciendan a terreno mundano. Algunos museos no se han podido resistir a compartir en sus redes el fenómeno creativo viral #betweenartandquarantine (entre el arte y la cuarentena), donde personas anónimas de todo el mundo se fotografían emulando clásicos de la pintura como el Beso de Klimt o la Joven de la Perla de Vermeer. No escasean las versiones menos ortodoxas como una Venus de Willendforf hecha con patatas o un Fanciullo con canestro di frutta de Caravaggio con la cesta a rebosar de papel higiénico. Imaginación al poder.

https://www.instagram.com/p/B_hf8YllAtk/?igshid=18n4k6vvj85qu

Dijo Albert Schweitzer que hay dos formas de refugiarse de las miserias de la vida: la música y los gatos. Ambos accesibles. Y lo primero mucho más en tiempos de confinamiento. En el festival Together at Home artistas como a Jennifer Hudson, Chris Martin o John Legend han actuado en directo desde sus redes sociales. Ya. La experiencia no es la misma: se pierde la emoción de la cola virtual para conseguir entradas, los minis de cerveza a 8 euros, el sudor del tipo de cabellera infinita que se te arrejunta en pista…pero reitero. Es gratis. Y se puede disfrutar en pantuflas.

Lo que sí que puede tener una recreación reverberante en casa es lo que considero el summum de todas las iniciativas. Llegó de la mano del tenor italiano Andrea Bocelli. Domingo 12 de abril. Duomo de Milán. Él y el órgano del templo. Cinco canciones sacras. Sin público. En la más estricta intimidad. Intimidad global ofrecida por Youtube. No me diga que esto no se merece unas velas y un Martini. O dos.

Cuando me trasladé a la casa de mi familia para pasar el confinamiento (terraza, jardín y barbacoa se han convertido en el epítome de la joie de vivre) reparé en que había poco que rascar en mi colección de libros: o ya me los había leído, o eran imposibles (véase un Kafka en la orilla de Murakami en francés). Hice una de mis búsquedas habituales en Google: cualquier cosa seguida de la palabra gratis. Y así encontré que muchas editoriales habían publicado algunos de sus libros en ediciones para descargar…gratis (legalmente, quiero decir). Entre ellos, grandes clásicos de la literatura siempre relegados al “para cuando tenga tiempo”. El momento ha llegado.

Con lo que más disfruto es viendo a personas cuya trayectoria sigo secretamente en nuevas facetas desconocidas hasta ahora. Ahí están mis adorados Mimi Thorisson y su marido Oddur Thorisson, misteriosos exponentes de cómo hacer del placer tu forma de vida (y al parecer cobrando bastante bien por ello) animándose a hacer directos en Instagram para desgranar su nueva vida en Torino con motivo de la búsqueda de las recetas italianas más antiguas y pecaminosas.

O a sus amigos Yolanda Edwards y Matt Hranek, otro de esos matrimonios que emanan clase y mundo; no en vano cada uno tiene su propia revista de estilo de vida y viajes en el polo opuesto a los circuitos comerciales de masas. Llevan días deleitando con recetas de libros de cocina ciertamente viejunos pero sorprendentemente sugerentes, negroni en mano. Y sí, siguen luciendo tuxedo y mocasines de terciopelo. Un espectáculo.

https://www.instagram.com/p/B_bKGoHjfeL/?igshid=x6qon0u438au

Desde mi perspectiva completamente subjetiva, he notado que se está haciendo un esfuerzo por hacer las cosas bonito. Una amiga comparte una foto de su comida. Pollo a plancha y ensalada – definición gastronómica de anodino- pero lo sirve en su “vajilla buena” con un mantelito individual a juego. Y regado por una copa de Rioja. Seguido por una porción de tarta de limón casera.  Hasta creo divisar unas flores frescas al fondo.

Hoy a la hora del aperitivo, la cara de concentración de mi hermana mientras leía algo en su teléfono móvil, seguido de un “estoy flipando” adelantó la promesa de un cotilleo jugoso. O una noticia rocambolesca. En su lugar, la buena nueva fue que una de sus compañeras de trabajo acababa de escribir un libro. Lo enviaba en PDF por el grupo que tiene con el resto de colegas.

Esto no es más que una retahíla de observaciones a priori inconexas que atisbo desde mi burbuja. Son nociones que se conglomeran para impregnarme de la sensación que mencionaba al principio: no todo es pereza y gula en esta cuarentena. También hay espacio para otros pecados.

Y en medio, belleza y creatividad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *